Guate, Mi Amor!

Por: Yosvany Albelo Sandarán

Huele a Centroamérica al pasar el umbral de Chapinlandia. A primera vista, es una bodega con surtidos de alimentos, ropas típicas de Guatemala y artículos menores.

Una segunda mirada, y a un costado se advierte la entrada al restaurante donde el rojo predomina en las paredes, en tanto, un arcoíris de latina intensidad penetra la vista, y un carnaval de olores delata la multitud de especias tan distintivas de la cocina de la región.

Chapinlandia apenas se distingue desde la Preston Road, en la zona sur de Louisville. Mas, el hecho de sostenerse desde 2011 con clientela fija entre los pobladores del área, en buena medida, migrantes de toda Latinoamérica, le otorga créditos indiscutibles a su propietario Donald Leonidas Alvarado Escobar.

Original del departamento de Quetzaltenango, Donald dice que no le costó mucho adaptarse al clima de Kentucky, toda vez que es muy similar al de su región.

Cristiano desde hace 12 años, Donald no duda en encomendarse a Dios para todo, porque según sus palabras, fue Él quien puso todo en sus manos. “En la iglesia donde asisto había un pastor que profetizó esto-cuenta-. Yo estaba a su izquierda cuando él estaba predicando y dijo, en medio de esa multitud que está ahí, se va a levantar una persona que va a ser empresario, y yo dije, Señor, yo quiero ser ese. En menos de una semana llegó este hombre, el que era dueño de aquí, y me dice: Mira, tengo este negocio, te lo vendo, estaba pidiendo 70 mil, imagínese si uno no llegaba a tener 4 mil dólares en la mano, sentía que eran 2 o 3 millones de dólares”.

Siempre con una pausa en la voz y una paciencia poco frecuente en hombres de 39 años, Alvarado hace el relato como si fuera algo que de todas maneras estaba predestinado a suceder.

“Pasó el tiempo y a la semana llega otra vez el muchacho y me dice, te lo bajo a 40 mil. Y sabes qué, mejor me quedo

tus tres carros, -me dejó a pata-, y en Guatemala quiero como 15 mil dólares. Y mi esposa me dice, bueno, cuando el Señor quiere hacer algo, hay que escucharlo”.

Entonces se lanzaron a trabajar los dos y el hijo mayor, de seis de la mañana a doce de la madrugada, cada ganancia la reinvertían, el negocio creció, y ahora no solo venden alimentos y artículos de uso personal, también hacen transferencias de dinero y ofrecen servicios de llamadas internacionales. En marzo abren una tercera ala dedicada a vender frutas.

“Yo quiero un negocio al servicio de la comunidad, pero un servicio sano, nada de alcohol, y trabajar como se debe trabajar, y tú sabes bien que si tú trabajas bien, te va bien. Si tú trabajas mal, te va a ir mal, es así de simple”.

Con semejante filosofía como faro, Donald y su esposa crían a sus dos hijos, y ni siquiera tienen documentos legales que los amparen. Ambos están entre los más de 700 mil guatemaltecos indocumentados en los Estados Unidos, y sin embargo, dice el cabeza de familia que no teme. “Temer no puedo temer, el miedo te domina. Sales a un lugar y piensas que Migración te va a agarrar, tienes que seguir la rutina de cada día y trabajar. Pero sabes que cuando haces algo por este país, y trabajas honradamente no te hacen nada”.

Como buen empresario, calcula que el momento está difícil para el negocio, porque muchos de sus clientes guardan el dinero. Pero que aún así, no se debe andar diciendo que está mal, porque ya con cien dólares que venda, es algo.

“Uno de mis anhelos es volver a mi país. Porque es el que te dio la vida…(hace una pausa, se reclina, y el llanto que se adivina en los ojos ahoga la voz)…Te llaman muchos recuerdos, de tu infancia, a mi padre lo secuestraron cuando tenía 4 años, y mi mamá murió cuando tenía 15 años. Es un país hermoso, te dan ganas de ir a disfrutar, porque cada vez que tú te ponías un par de zapatos los disfrutabas, son cosas que tiene uno, recuerdos bonitos. Aquí tienes de todo, pero hay veces no

lo disfrutas, porque aquí te dedicas a puro trabajo y trabajo y trabajo”.

Y aunque aspire a una vida próspera en la Guate de sus sueños, pone los pies en la tierra al recordar que vino por cinco años, y ya está por cumplir casi veinte. Donald Alvarado sabe que tiene casi todo lo que un hombre puede anhelar. Pone a su familia en un lugar preponderante en cualquier tema que hable, su fe en Dios como bandera, y el sueño de abrir un hotel en Guatemala y dejarle a sus hijos alguna propiedad en los Estados Unidos para que también ellos tengan en qué esforzarse para salir adelante.

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